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La gran Georgina, mi dislexia y loconcio, de María Cristina Aparicio

La novela más popular en el 2013, en El Mundo de la Reflexión.

 

Dorys Rueda
Para El Mundo de la Reflexión

LA ESCRITORA

María Cristina Aparicio (colombiana-ecuatoriana) es la autora de la novela: La gran Georgina, mi dislexia y loconcio. bajo el sello de la Editorial Norma. Actualmente trabaja en una novela para adultos sobre la Guerra de la Triple Alianza.

Además de escribir, se desempeña como chef en un restaurante de comida colombiana en la ciudad de Quito.

A continuación nos presenta los dos primeros capítulos de la novela:

 

Capítulo primero         

Mi mejor amigo entre todos mis amigos se llama Leoncio; pero, por mi culpa, todos le dicen “Loconcio”.

Recuerdo la primera vez que lo vi. Entró al salón de la mano de la profe Chavita, con  su uniforme nuevo, la maleta brillante y el cabello recién peinado. Resulta que él es de otro país, de Colombia; se mudó con sus papás a nuestra ciudad y lo inscribieron en mi escuela.

-Niños, les presento a un nuevo compañero que se unirá a las clases desde hoy. Voy a escribir su nombre en la pizarra para que lo aprendamos.

Mi mejor amigo entre todos mis amigos se llama Leoncio; pero, por mi culpa, todos le dicen “Loconcio”.

Recuerdo la primera vez que lo vi. Entró al salón de la mano de la profe Chavita, con  su uniforme nuevo, la maleta brillante y el cabello recién peinado. Resulta que él es de otro país, de Colombia; se mudó con sus papás a nuestra ciudad y lo inscribieron en mi escuela.

-Niños, les presento a un nuevo compañero que se unirá a las clases desde hoy. Voy a escribir su nombre en la pizarra para que lo aprendamos.

Mientras la profe escribía, el pobre Leoncio, parado frente al aula, nos miraba con cara de conejo asustado (los ojos sin pestañear y las aletas de la nariz abriéndose y cerrándose).

Desde nuestros bancos, nosotros estiramos los cuellos para observarlo de arriba abajo. Supongo que nos preguntábamos cómo sería el niño nuevo: si sería llorón, súper estudioso, gracioso o con el mal genio de una serpiente cascabel.

-María Joaquina, por favor, lee en voz alta el nombre de su nuevo compañero.

Entonces yo clavé la mirada en la palabra escrita en la pizarra y leí:

-Lo-con-cio

-¡Jijijji, jojojojo, jejejeje!

Todos los chicos del salón lanzaron unas risas tan escandalosas, que me dieron ganas de taparme los oídos. Es que cuando hay una oportunidad de reírse, mis compañeros se ríen como si nunca más fueran a reírse en la vida y tuvieran que aprovechar. Son unos payasos de primera.

A la profe Chavita no le hicieron ninguna gracia las carcajadas, y su rostro se fue poniendo más rojo y más rojo y más rojo, como si las risas de todos le dieran cuerda al color. Al niño nuevo también se le enrojeció la cara; seguramente  debido a la vergüenza.

-¡Silencio! María Joaquina, creo que lo haces a propósito. Vuelve a leer, niña, y pon más atención.

Entonces yo volví a clavar la mirada en las letras e hice mi mejor esfuerzo:

            -Lo-co-co-con-cio

            -¡Jujujuju, jojojo, ñaque, ñaque, ñaque!

Nuevas carcajadas de todos y todavía más fuertes. Era terrible. Ahora sí que la profe se encolerizó. Lo supe porque, cuando está furiosa, se para en la punta de los pies y abre mucho los ojos. El niño nuevo se puso colorado como salsa de tomate encima de unas papas fritas.

-¡Silencio! María Joaquina, ya no sé qué hacer contigo. El nombre de su nuevo compañero es Le-on-cio. ¡Leoncio!  Y escuchen bien, no quiero que le pongan apodos a nadie en este salón. ¿Entendieron? Leoncio, bienvenido. Ve a sentarte junto a María Joaquina, que como ya viste, es una niña muy, pero muy graciosa.

El pobrecito de Leoncio se sentó a mi lado. No me miró ni me habló durante toda la mañana. Desde ese día, todos en la escuela lo llaman “Loconcio”.

Mi amigo dice que ese primer día se sintió furioso por el apodo. Volvió a su casa, lanzó la maleta al suelo y le dijo a sus padres que quería tomar el primer avión de vuelta a su país y que no volvería jamás a esa escuela. Menos mal que no le hicieron caso porque ahora le encanta su apodo. Dice que es el único en el mundo que se llama “Loconcio” y que, además, es divertidísimo ser un poco loco. A veces, a “Loconcio” lo atacan los quince minutos de locura. Entonces, cuando no está la profe, pasa corriendo por los pasillos del salón y nos despeina a todos con la mano. Luego se trepa en la mesa, se pone la mano en el pecho y canta a gritos el himno de su querida Colombia:

            -Oh, gloria inmarcesiiiiible, oh, júbilo inmortal, en surcos de doolooores el bien germina yaaaaa, el bien germina yaaaa…

Es muy graciosa la cara que pone y a todos nos da mucha risa. Después, se baja de la mesa y nos dice:

            -Perdón, perdón. El loco de Loconcio atacó nuevamente.

Yo soy la única del salón que lo llama Leoncio. Creo que es porque me siento culpable por lo que pasó. Debe ser horrible que a uno le pongan un apodo en el primer día de clases. Pero yo no quise burlarme de Leo. Lo que me sucedió fue lo mismo que me pasaba siempre que leía o escribía: las letras me daban vueltas en la cabeza y terminaba leyendo o escribiendo alguna barbaridad.

 

Voy a contar otro caso para que me entiendan. Un día la profesora me pidió que escribiera en la pizarra esta frase: Beto peina su cabello. Yo me esforcé mucho (hasta empecé a sudar); pero lo que escribí fue: Tobi parece un camello.  Por supuesto que todos  se agarraron la barriga de tanta risa y mi compañero Tobi se  puso tan furioso conmigo que hasta me enseñó los colmillos. La profe se paró de puntillas y abrió mucho los ojos. Me pidió que borrara todo y  volviera a escribir la frase, Beto peina su cabello, pero poniendo más atención. Fue todavía peor porque yo escribí: Beti se peina como una caballa.  ¡Qué tragedia! Después de eso, mi amiga Beti no me dirigió la palabra en un mes.

Yo odiaba las letras y creía que ellas me detestaban a mí. Si hubiera podido, les habría puesto una gran bomba atómica para desaparecer todas las vocales y consonantes del planeta. Por su culpa, mi profesora no hacía más que castigarme. Pensaba que yo era una niña muy payasa, mimada y más malvada que un cocodrilo estrenando dientes.  Y mi hermana Vanesa, que me debía ayudar con las tareas en casa y que me tiene más confianza, me daba unos tremendos pellizcos en el brazo. Cuando lo hacía, yo abría la boca para gritar durante tres minutos seguidos sin respirar:

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Vanesa se encerraba en su cuarto y se dedicaba a llamar por teléfono a sus amigas para contarles que tenía una hermanita boba, que además era una vaga y que ya la tenía harta y que ojalá fuera hija única y que ya no veía la hora de crecer e irse de la casa para no verme nunca más.

 Yo la escuchaba detrás de la puerta y me sentía muy molesta. Por eso me sentaba en la sala a planear cómo vengarme de ella. Un día pensé que podría ir a la tienda a comprar un balde de pintura morada. Luego lo subiría hasta el filo de una puerta para que, cuando Vanesa entrara, le cayera encima y quedara toda embarrada. Eso es lo que hacen en las películas cómicas para vengarse de alguien. Sin embargo, me puse a pensar que un balde de pintura debía pesar muchísimo.  No sabía cómo subirlo hasta arriba de la puerta y hacer que se quedara quieto. Además, podría suceder que en lugar de caerle a mi hermana, me cayera encima a mí. Eso sería una desgracia. Y si funcionaba bien el plan y le caía a Vanesa, podía darle un golpe tan fuerte en la cabeza, que tal vez quedara peor de mandona y peleona de lo que ya era. Y por si fuera poco, si el balde caía, ensuciaría las paredes y los muebles y mi mamá me pondría a limpiarlo todo hasta que no quedara ni una gotita, y eso seguramente tomaría ochenta años. No es muy fácil ser una vengadora.

Como nadie me ayudaba, porque mis padres trabajaban y llegaban hasta la noche, yo casi nunca hacía mis tareas. En vez de eso, arrancaba las hojas de mis cuadernos y me dedicaba a hacer figuras de “origami”. Mi tía Tina (yo adoro a mi tía Tina) me regaló un libro para navidad, en donde enseñan a hacer figuras doblando papeles. Eso se llama “origami” y es una cosa que les encanta hacer a la gente en el Japón. Hace poco yo hice un monito y una monita enamorados, tomados de las colas. Y solamente utilicé una hoja de mi cuaderno de Lengua y dos hojas de mi cuaderno de Matemáticas.

Otras tardes, en lugar de hacer mi tarea, también me las pasaba poniéndome goma blanca en las manos. Después esperaba un rato a que se secara. Luego trataba de sacar las capas de pegamento seco lo más completas que se pudiera. No sé por qué, pero es muy entretenido hacerlo. Yo me imaginaba que era una mutante, mitad humana y mitad reptil, y que cambiaba de piel cada cierto tiempo.

Los viernes me reunía con Maricela y Leoncio y veíamos películas en alguna de nuestras casas. Mi amiga siempre elegía ver películas sobre perros. Hemos visto películas sobre perros chihuahuas, perros San Bernardo, dálmatas, perros que hablan, perros que no hablan, perros extraterrestres, perros policías, perros delincuentes, perros inteligentes, perros tontos, perros espías, perros científicos…. Maricela adora los perros (aunque sus padres no le dejan tener ninguno) y ellos la adoran a ella. Si estamos en el parque, se le acercan todos los perros (como si ella fuera un gran hueso) y se le trepan encima para llenarla de lamidos en la cara.

A Leoncio, en cambio, le encantan las películas de monstruos, fantasmas, extraterrestres y todo tipo de seres del más allá. A Maricela le dan miedo ese tipo de historias. A mí, por el contrario, me causaban mucho interés. Sucede que yo me puse a pensar que tal vez eran los fantasmas los causantes de mi problema con las letras.

Leoncio decía que los fantasmas están en todos lados. La mayoría de ellos son espíritus muy tranquilos que no hacen ruido y no fastidian a nadie. Sin embargo, hay algunos que se dedican a aullar en los oídos de las personas: auuu, auuu, auuuu. Y a otros les gusta abrir y cerrar puertas y ventanas o esconderles las cosas a los seres humanos. Por eso yo pensé que podrían ser los fantasmas quienes me movían las letras cuando yo trataba de leer o escribir.

Cuando se lo conté a mi amigo, se dedicó a seguirme para comprobar si eran ciertas mis dudas. Una vez me hizo leer en un cuarto oscuro. Solo podía alumbrar el libro con una pequeña linterna. Mientras leía, Leoncio me tomó fotografías. Si, al descargar las imágenes en la computadora y aumentar mucho su tamaño, veíamos junto a mí pequeñas bolas de luz, significaba que los fantasmas me estaban persiguiendo para fastidiarme la vida. Pero no. En mis fotos no apareció ninguno de los círculos de luz que son los signos evidentes de la actividad paranormal.

Otro de los experimentos de Leoncio fue tomar la temperatura del ambiente con un termómetro mientras yo leía. Mi amigo decía que cuando llegan los fantasmas, el aire se hace enseguida más frío. Pero tampoco. Las líneas del termómetro no se movieron ni un poquito cuando yo leí.

Finalmente, llegamos a la conclusión de que los seres del mundo paranormal no tenían nada que ver con mi problema con las letras.

-Escúchame bien, china (a veces Leoncio me llama así porque dice que en su país se les llama “chinas” a las niñas y “chinos” a los niños, aunque no vengan de la China). Yo creo que puedes tener problemas con las letras porque se te han soltado algunos cablecitos en la cabeza. Lo mismo les pasa a las máquinas. Nosotros, por ejemplo, tenemos en casa un televisor que funciona perfectamente. Pero, de repente, las imágenes empiezan a moverse y las personas se ven torcidas y raras; y la voz se distorsiona como si la gente estuviera hablando en ruso. Mi hermano se para y ¡cataplaz! Le da una buena palmada al aparato. Las imágenes y el sonido se componen.

-Oye, Leo, ¿y si tú también me das unas buenas palmadas en el cráneo cuando yo no pueda leer o escribir correctamente?

-Esa es una muy buena idea, china.

La verdad, no resultó tan buena. Leoncio me dio unas palmaditas tan suaves, tan suaves, que no serían capaces de arreglar ningún aparato aunque fuera muy pequeño. Es que le daba miedo lastimarme. Yo misma traté de darme unas buenas palmadas en la cabeza. Inclusive me di una tan fuerte, que la cabeza me quedó resonando como si fuera una campana: boooongggg. Igual que en los dibujos animados. De todas maneras, seguí leyendo tan mal como de costumbre.

Por fin descubrí lo que me pasaba con las letras, el día en que citaron a mis padres en la dirección de la escuela. La profe Chavita, la directora y la psicóloga estaban esperándonos y se veían muy serias. A mí me dio mucho miedo porque, como he dicho, la profe pensaba que yo era una niña muy payasa y fastidiosa. Pensé que se había cansado de mí y que les diría a mis padres que me llevaran a otra escuela que quedara muy lejos, preferiblemente en uno de los satélites del planeta Saturno . Pero no. La psicóloga dijo que se habían dado cuenta de que yo sufría de “dislexia” porque no podía diferenciar unas letras de otras y tenía dificultad para realizar actividades en que se necesitara seguir “un orden específico”.

Al escuchar eso, yo me asusté porque pensé que esa “dislexia” era una enfermedad rarísima y que seguramente era un gusano que estaba en mi cabeza y que había procreado a otros gusanos “dislexiquitos”, que me harían morir dentro de una semana. Menos mal que, inmediatamente, la psicóloga aclaró que no se trataba de una enfermedad sino de un “problema de aprendizaje”. Dijo que lo tenían muchísimos niños en el mundo.

Por último, la directora les pidió a mis padres que me llevaran a un especialista. Nos explicó que, aunque la “dislexia” no puede solucionarse por completo,  con una terapia adecuada, pronto podría leer y escribir mucho mejor ya que  yo era una niña muy inteligente.

De regreso a casa, en el auto, mis padres y yo íbamos muy callados. Creo que ellos se estaban repitiendo en la cabeza todo lo que les habían dicho sobre mí. Se veían preocupados y tal vez un poco tristes. Mi papi iba mordiéndose un labio, como siempre hace cuando está pensando mucho. A mí me pareció que a ellos les hubiera gustado tener una hija que pudiera escribir muy bien y que les leyera el periódico correctamente cuando fueran viejecitos. Y no tener una hija como yo.  Porque si la directora dijo que yo era inteligente, había sido para hacerme sentir un poco mejor. La verdad es que nadie en mi grado tenía problemas con las letras. Solo yo, porque seguramente había resultado ser, como decía Vanesa, una niña bastante boba.

 Al otro día, en la escuela, le conté a Leoncio lo que nos habían dicho sobre mi “dislexia”.

 -Leo, creo que al final sí resulté ser una niña un poco boca. ¿Seguirás siendo mi amigo, de cualquier manera?

Leoncio no me respondió y parecía estar pensando en algo muy importante.

-Amiga, no te preocupes. Voy a consultar en el Internet. Seguro que encontraremos a un cirujano especialista en cerebros que te abra  la cabeza y te repare los cables sueltos.

   Capítulo dos

Esa misma tarde fuimos con mamá a un lugar que nos había recomendado la psicóloga de la escuela: El Centro de  Terapias para Problemas de Aprendizaje. Llegamos a la recepción y nos sentamos en una sala en donde había varias otras madres y padres con sus hijos. Todos los niños y niñas estábamos callados y nos mirábamos unos a otros con el rabillo del ojo (lo que quiere decir que no nos mirábamos directamente sino con la esquina de la mirada).

La recepcionista de ese lugar era una mujer bastante extraña. Era alta y gorda, pero yo no sabía si se trataba de una adulta o una niña. Aunque tenía una bata blanca, como las que usan los doctores, se había peinado con dos colas a los lados, como una niña. Tenía ojos rasgados o, como diría Leoncio, “achinados”.  La nariz parecía una bola pegada en el medio de la cara y sus labios eran apenas dos rayas finas. Cuando se dio cuenta de que la estaba mirando, me sacó la lengua. Yo me avergoncé y bajé la mirada, pero después levanté la vista poco a poco y la seguí observando. Ella se puso las dos manos abiertas detrás de las orejas y me hizo muecas.

Cuando mi mamá se dio cuenta de lo que pasaba, me dijo en voz baja:

-María Joaquina, deja de mirar a esa muchacha. Es tan solo una chica retardada.

Aunque mi mamá había hablado bajo, la recepcionista escuchó muy bien sus palabras. Enseguida respondió con decisión:

 -Yo no soy ninguna retardada. Solamente tengo Síndrome de Down y por eso soy un poco diferente. Y soy la mejor inventora de cuentos de miedo de este mundo. Además, soy una excelente bailarina. Me llamo Georgina Cifuentes. Mucho gusto.

Aunque ella no habla muy claramente (parece que tuviera la boca llena de gelatina), entendimos lo que dijo y mi mamá se rascó el cuello, lo que hace siempre que está sorprendida o avergonzada por algo.

Como yo seguía mirándola porque descubrí que tenía las uñas pintadas con diferentes colores, Georgina se dirigió a mí:

-Oye, niña, ¿cómo te llamas?

-María Joaquina –le respondí. Pero no dije nada más porque siempre me pongo tímida cuando me habla una persona que no conozco.

¡Qué lindo nombre! Creo que voy a bautizar así a uno de los gatitos que van a nacer. ¿Sabías que mi gata Evangelina está embarazada?

En ese momento habló una de las niñas que estaba esperando en la sala:

-Oye, ¿no sa-sa-sa-bes que es de-de-de ma-ma-mala edu-ca-ca-ción poner-ner-les a las-las perso-so-so-nas nombres de-de a-ni-ma-ma-les?

Obviamente nos dimos cuenta de que esa niña era tartamuda. Leoncio me había contado chistes sobre tartamudos, que me hacían reír mucho. Pero al ver a esa chica me di cuenta de que no era gracioso y que ser tartamudo debía ser tan problemático en la escuela como ser disléxico.

-Bueno –dijo Georgina-, pero si no los bautizo con nombres de personas, ¿qué nombres les voy a colocar?

-Puedes ponerles –sugerí yo- nombres como Vainillita, Chupaleche, Carilinda o Nube.

-Oye, ¡qué nombres tan lindos! Eres muy buena colocando nombres. Creo que te voy a contratar.

En ese momento sonó el teléfono de su escritorio y Georgina contestó. Si no fuera por su “boca llena de gelatina”, Georgina parecería una secretaria cualquiera.

-¿Dígame, doctor?… Enseguida. ¡El niño Andrés Aparicio puede pasar a la oficina 4 del doctor Gutiérrez!

-Riiiiingggg.

-¿Dígame, doctora? … ¡La niña Martita Córdova pase a la oficina 6, de la doctora Corrales!

De esta manera siguió llamando a todos,  hasta que me tocó el turno a mí. Pasé, junto con mi mami, a la oficina de la doctora Juanita Venegas viuda de Cifuentes. Un apellido muy grande para una señora que era muy pequeñita y delgada. Lo que más llamaba la atención en cuanto la veías, era su cabello pintado de color violeta claro. Usaba un vestido rosado de tela muy suave, que tenía dibujadas muchas pequeñas rosas rojas con hojitas verdes. Llevaba un collar con pollitos de colores, que le llegaba casi hasta el ombligo, y tenía unos zapatos de tacón alto que, me pareció, le quedaban bastante grandes.

Cuando nos recibió en la puerta de su oficina, la doctora Juanita se bajó los lentes hasta la mitad de la nariz y me miró con mucha seriedad.

-Así que María Joaquina. ¡Qué bonito nombre! Creo que se lo pondré a uno de los gatitos que vamos a tener.

Yo me sentía bastante avergonzada; por eso no repetí lo de la mala educación que significaba colocarle los nombres de las personas a los animales.

La doctora Juanita le explicó a mi mamá que, por varios meses, yo debía acudir a ese centro dos horas diarias de lunes a viernes. De ese modo realizaría las terapias indicadas y mejoraría muy pronto mi “lecto-escritura”.

Cuando le oí decir eso, creo que me empezaron a dar vueltas todos los cablecitos de mi cerebro y me sentí mareada. ¿Dos horas diarias de lunes a viernes? Bastante desgracia es tener que ir al dentista o al médico una vez al mes. Pero ¡tener que ir casi todos los días a un consultorio! ¡Era una desgracia del tamaño de un hipopótamo!

Mi mamá se fue y me dejó en la oficina de la doctora Juanita. Después de dos horas, mi hermana Vanesa iría a recogerme para llevarme a casa. (¡Oh, oh! Creo que a Vanesa no le gustaría para nada la idea de ir a recogerme allí todos los días luego de la terapia).

Ese primer día, la doctora me puso a realizar unos ejercicios con letras, muchísimas letras. Me explicó que quería evaluar el nivel de mi problema de dislexia. A mí me dieron ganas de decirle que no tenía que realizarme ninguna evaluación porque mi nivel de dislexia era el peor nivel de dislexia que se pudiera imaginar. Si lo dudaba, podría preguntarle a la profe Chavita o a Vanesa.

 Cuando terminé, sentía que mi cabeza se había convertido en un ladrillo. Hubiera querido irme a mi casa, echarme en la cama y no levantarme hasta el otro mes. Sin embargo, la doctora (que estaba cargando un gato muy gordo) me anunció, con una sonrisa que iba de una oreja a otra:

-Ahora puedes pasar donde tu terapista, que te está esperando en la oficina de la puerta amarilla.

Me hubiera gustado arrebatarle el gato gordo y usarlo como almohada para ponerme a llorar y llorar. De cualquier forma, me levanté y fui caminando lentamente hasta la oficina que me había indicado la doctora. Cuando abrí la puerta, me sorprendí mucho porque allí estaba Georgina, con unos lentes que parecía que le había pedido prestados a la doctora Juanita.

-Pasa, María Joaquina. Te estaba esperando para tu terapia.

-¿Tú vas a ser mi terapista

   -Claro. Yo soy la mejor terapista de este centro, así que tienes mucha suerte.

No lo podía creer. Georgina me cayó muy bien desde que la vi, pero a mí me parecía que una chica con Síndrome de Down no podría enseñarme cosas que seguramente ella tampoco sabía. Y creo que mi mamá, cuando se enterara, iba a pensar lo mismo.

-María Joaquina, hoy empezaremos aprendiendo cuál es el lado derecho y cuál el izquierdo.

¡El derecho y el izquierdo! Creo que, en ese momento, el mal humor me fue

creciendo por dentro porque sentía más y más pesada la cabeza, como si fuera un globo conectado a una llave de agua y pudiera estallar en cualquier momento.              

-Oye, quiero que sepas que a mí ya me han enseñado, desde que nací, cuál es mi lado derecho y cuál el izquierdo. Y me lo han repetido mil veces, dos millones de veces, tres billones de veces. Mi problema es que siempre se me olvida; siempre, siempre.

 -Bueno, pues te doy mi palabra de honor que desde hoy nunca más se te volverá a olvidar.

 Y para que creyera en su promesa, puso una mano sobre el pecho y la otra la levantó, igual que hacen los testigos de las películas cuando juran que dirán la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

eguí con mi cara de molesta y no le conté a Georgina que yo, realmente, necesitaba mucho poder recordar cuál era el lado izquierdo y cuál el derecho. Había pasado por unos momentos horrorosos por no acordarme. Por ejemplo, cuando fue el cumpleaños de mi mami, fuimos a un restaurante finísimo. Yo me levanté a buscar el baño de mujeres y me dijeron que era la puerta que estaba al lado izquierdo. Como era costumbre en mí, me quedé pensando en cuál lado era ese y al final, abrí la puerta equivocada. Entonces me encontré a un niño de mi edad, haciendo pis frente a un urinario.

De la sorpresa que tuve, me quedé parada sin moverme, y el pobre niño abrió la boca y se cerró rápidamente el cierre del pantalón. Un señor muy viejito se me acercó y me dijo, muy molesto y señalándome con su bastón, que saliera inmediatamente de ahí. “¡Inmediatamente, inmediatamente!” Hasta me dio un ataque de hipo de la vergüenza que pasé.

-Vamos a ver, –dijo Georgina- levántate las mangas de tu camisa que necesito revisarte.

Mi terapista agarró una lupa y se puso a revisar con ella cada pedacito de mis manos y mis brazos, por detrás y adelante.

 -¿Qué haces, Georgina?- pregunté un poco molesta.

 -Silencio, María Joaquina. Necesito muchísima concentración.

  Después de un buen rato, por fin dijo con alegría:

 -¡Lo encontré, lo encontré! ¡Hurra!

 -¿Qué encontraste?

 -Esto. Mira. Tu problema es que tienes el punto maldito de Iván Izquierdo

-Ese no es ningún punto maldito, Georgina. Ese es sencillamente un lunar.

-Parece un lunar, pero no es un lunar; es el terrible punto maldito de Iván Izquierdo. Créeme. Yo soy una experta en esto.

-¡Ay, Dios mío! Vamos a ver, ¿y quién es ese famoso Iván Izquierdo?

 Para responderme, Georgina me contó la siguiente historia.

Iván Izquierdo era un señor muy alto, flaco y narigón, que siempre usaba traje con corbata, sombrero y un pantalón que le quedaba corto. Además, igual que tú, tenía un lunar en esa precisa parte del brazo. Se dedicaba a vender caramelos en las tiendas. El problema que tenía era que siempre se olvidaba de cuál era su lado izquierdo y cuál el derecho. Si preguntaba, por ejemplo, la dirección de una tienda, le decían que fuera por la esquina izquierda. Él se quedaba pensando y tomaba la dirección equivocada. Por eso, generalmente andaba más perdido que un granito de arroz en un plato de tallarines.

 Un día en que no había vendido casi nada y estaba cansado de tanto caminar, se encontró con una casa muy antigua que tenía un pequeño letrero que decía “tienda”. Aunque estaba cerrada, Iván decidió tocar. Tocó y tocó, pero nadie atendía.  Ya casi iba a irse cuando se abrió la puerta y apareció una señora rara, muy rara, rarisisísima.

-¿Pero, qué tenía de raro?

-Era una viejecita, toda vestida de negro, que tenía una ojo abierto y uno cerrado.

-¿Que qué?

 -Eso que te dije: tenía un ojo abierto y uno cerrado. Eso sí, el ojo abierto era muy grande y de color celeste agua.

Y Georgina siguió con la historia.

Iván Izquierdo se quedó mirando dentro del ojo abierto de la viejita, y pudo ver unas olas que iban y venían, y unas gaviotas que volaban sobre el agua.

-¿Vio todo eso dentro del ojo color celeste agua?

-Sí, dentro del ojo.

Enseguida Iván se concentró y se acordó de que no estaba allí para mirar el ojo de la viejita sino para vender, y eso hizo. Le explicó que era un vendedor de caramelos. La señora le dijo que sí quería comprar, pero solo caramelos de sabor de jimanquina. Lo dijo con una voz que ponía la piel de gallina porque era como un silbido en el desierto: fiuuu, fiiiifuuuuu. La voz salía de su boca y se iba volando rapidito en el aire.

-Oye, espera. ¿Cuál es el sabor de jimanquina?

Georgina me explicó que Iván Izquierdo tampoco sabía qué era la jimanquina. Sin embargo, justo esa mañana había encontrado, en su maleta, una bolsa de caramelos con ese nombre. Supuso que algún empleado de la fábrica se los había empacado, sin avisarle, y él ni siquiera había tenido tiempo de probarlos. Lo que había notado era que pesaban más de lo normal; como si en lugar de caramelos se tratara de piedras.

Iván le entregó los caramelos a la extraña viejita. Ella le dijo, con su voz que daba miedo, que pasara a la casa; que subiera por las escaleras del lado derecho y que, en el cuarto piso, le pidiera a su nieto que le pagara.

Iván pasó. Enseguida la viejita cerró la puerta, que estaba hecha de una madera  muy gruesa, pesada y que hacía mucho ruido al moverse. La casa estaba casi a oscuras y corría un viento helado. Al vendedor de caramelos le dio bastante miedo, porque le pareció que en cualquier momento aparecería un muerto de alguna esquina. De todas maneras, decidió apurarse en cobrar para irse de allí lo más pronto.

Como le pasaba siempre, en lugar de subir por las escaleras indicadas, subió por las del lado equivocado. Subió, subió y subió. Lo extraño era que no había cuartos u oficinas. Solo había escaleras y más escaleras, que subían y seguían subiendo. Iván sentía que ya había subido como treinta pisos. Y se sentía muy cansado. Tuvo que sentarse porque su corazón parecía un motor a punto de descomponerse.

 Cuando se encontraba sentado, secándose el sudor con un pañuelo, alguien lo tocó en el hombro.

 -Ya sé- le dije a Georgina- se trataba de la viejita del ojo de agua.

-Claro que no, María Joaquina. La viejita se había quedado en el primer piso.

 El que había tocado a Iván era un niño raro, muy raro, extremadamente raro. Estaba todo vestido de negro, con un trajecito muy elegante de terciopelo que incluía sombrero y un corbatín de lazo. Hasta los calzoncillos que llevaba eran de color negro. Además, ¡también tenía un ojo abierto y otro cerrado! A Iván le dio realmente mucho miedo, porque el ojo abierto era grande y muy negro. Él se quedó mirando dentro de ese ojo, y vio una luna llena y un búho que pasó volando y se instaló en las ramas de un árbol.

Iván se concentró y se acordó de que no estaba allí para mirar en el ojo de ningún niño extraño. Así que le pidió que, por favor, le pagara la bolsa de caramelos de jimanquina que le había dejado a la viejita del primer piso.

El niño le respondió con una voz que ponía de punta hasta los pelitos de las orejas. Era una voz como el ruido que hace el mar en una noche de tormenta. Le dijo que le pagaría los caramelos, siempre y cuando primero jugara a las escondidas con él.

-Mira, niño,- le respondió Iván- con gusto jugaría contigo, pero estoy muy apurado y me tengo que ir.

-Mire, señor Iván, –le dijo el pequeño- sepa usted que yo me pongo de verdad muy molesto cuando se niegan a jugar conmigo a las escondidas.

Iván se asustó mucho porque, primero, no se explicaba cómo el niño podía saber su nombre, si no se lo había dicho ni a él ni a la viejita. Segundo, se asustó porque miró dentro del ojo de aquel chico y vio una llama de fuego que se movía con furia.

-Bueno, pequeño. Voy a jugar contigo, pero solo por un momento.

El niño contó, en alemán, mientras Iván se escondía.

-Null, eins, zwei, vier, fünf, sechs, sieben, acht, neun, zehn…