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Los remaches

 Por: Alfonso Cisneros Pareja
 
 
 
Con un estruendo pavoroso se avecinó la tempestad en el Mojanda. Las cordilleras van perdiendo su perfil al paso rápido de las nubes. El viento sopla furioso. Las aves se aprestan a los nidos. Por el camino de herradura que une a la ciudad Capital con las provincias norteñas, una cabalgadura se apresta llevando un abultado jinete.

Mister Frez anima al mular, mientras éste por el camino escabroso, se balancea en busca de sustentación.

La tempestad llega. Viene en alas del viento y del ruido. Desde un vericueto del camino se divisa la choza de tambo, perdida en la inmensidad del pajonal, lanzando una espesa poluta de humo azul, olor a boñiga.

El tambero recibió amablemente al gringo.

-“Este gringo está gordo y ha de tener plata”. Dijo para sus adentros el Remache, mientras cogido de la brida, introducía caballero y mular, al corredor de la choza para protegerles de la lluvia.

-“llover mucho, no?”

-“Sí, patrón, toditos los días ha llovido el cielo como aburrido”.

Y con su mutismo el míster sentó las posaderas sobre un banco, mientras el mular era conducido por el Remache a la dehesa cercana.

-“Aquí morir de frío, eh?”

-“No, patrón, ya le vamos a dar una agüita caliente para que se abrigue”.

La Melchora, cara y costilla del tambero, salió de la cocina invadida por el humo y, esquivando la mirada, extendió al gringo una taza de agua de “sururumba” con panela.

Míster Friz recibió agradecido y la vació de tres sorbos.

La tempestad se enfurece. Por el camino serpenteante el agua corre abriendo grietas. Las quebradas preñadas de creciente aumentan el estruendo. Los árboles del monte, no pudiendo resistir a la fuerza de la tempestad. Clavan sus penachos al suelo. La noche se aproxima y en el rostro del míster se dibuja la angustia.

-“Dónde estar Otavalo, eh?

-“Uuuu…eso ca lejos es patrón, mañana irás”. Respondió el Remache que asomaba acompañado de otros indios.

El Míster consoló la respuesta soltando una espesa bocanada de humo que se fue en el viento.

-“Harás locro con hartas papas, con harta carne”, dijo en voz baja el Remache a la Melchora. “Carne ca nuguay”. “Carne del puendo que matamos el jueves ca?”, inquirió el indio. “Eso tan ya acabó haciendo fritada”. “Mas que carne de perro, dá no más, gringo ca, come no más…”

Míster Frez pidió la mula para continuar viaje a Otavalo. Un vago presentimiento le hacía desconfiar de los tamberos, pero se detuvo ante la insistencia de ellos y los obstáculos que le pintaban.

El gringo comió apetitosamente el locro “con hartas papas y harta carne”. Nada tuvo que reclamar su estómago de gastrónomo. Después de una recelosa conversación entrecortada con los indios, se acomodó en el suelo tratando de conciliar el sueño.

-“No harás sentir, gringo ca de rivolviar”.

-“Aura si pes, taitico mío”.

El cuarto y la oscuridad se tragaron las voces. El míster rendido por el cansancio gozaba de un dulce sueño. En medio de la oscuridad se agita un corazón. Se acortan las respiraciones. Por un claro del techo pajizo penetra un chorro de luz de la luna y deja ver a medias la cara del míster. El Remache empuña el hacha. Con paso vacilante se detiene frente a la víctima.

-“Gordo está, rico ha de ser” –dice para sus adentros y se resuelve. No le importa una víctima más, solo … “no había muerto a gringos”…Buscó sustentación, levantó el arma y …como se clave en los troncos, se hundió en el cráneo de míster Frez.

En un charco de sangre, horriblemente destrozado, ahí quedó tendido.

Al día siguiente los viajeros saborearon la exquisita fritada del tambo.

-“Qué rica fritada que hacen estos indios, mejor que la de mama Asunción de Otavalo”.

Mientras conversaban alegremente y seguían el camino, permaneció escondido un pedacito gordo y suave.

-“Dios me guarde, si ha sido carne de gente!” Exclamó uno de ellos enseñando un pedazo de dedo que no se había desprendido de la uña.

-“No hay que dejarles a los roscas con la picardía, daremos aviso en Otavalo”. Dijeron echándose a correr, volviendo de vez en cuando la mirada hacia el tambo que se había perdido en la inmensidad del pajonal, e impresionados por el canto agorero del pájaro “solitario” que entonaba su monótono; Li … cua … cuuu … Li … cua … cuuu…

En la ciudad al calor del sol, se intensifican los comentarios: “Los Remaches ya han caído”. Ya dizque les traen … Amarados han de venir”. “Que les maten a los roscones”… “Pobres indios” … “Ve pes lo que les compadece”.

A lo largo de la calle principal que se pierde en el camino de ir a Quito, se han dado cita los curiosos para conocer a los Remaches.

-Castigo del cielo- siguen los comentarios- ya no se puede viajar a Quito, con tranquilidad, hay que ir haciendo el testamento y armado hasta los dientes. A un gringo también le han hecho fritada, dizque tienen una cueva enorme con tesoros en el Mojanda”.

A galope tendido un caballo sacude el polvo del camino. Un jinete a pulmón lleno anuncia: “Ya vienen … están en la vuelta de Imbabuela”.

La muchedumbre se electriza, hombres encolerizados. Mujeres asustadas. Niños que lloran.

Llegaron los Remaches.

-“Elé, vé hijito, esos indios son los asesinos”. “Ese omoto dizque es el capitán de los foragidos”. “Ve pes cuáles han sido, el sábado bebieron en mi estanco, yo les creía honrados”.

-“Ellos …. Ellos”.

El río humano se adentraba en la ciudad siguiendo a los Remaches que atados las manos, con semblante demacrado, con la angustia dibujada en los ojos turbios, desfilaban vigilados por fuerte escolta.

-“sí han sido algunos, y eso que no les han cogido a todos … Que les maten, con Don Gabriel no hay vuelta luego. Quien a cuchillo mata, a cuchillo muere”.

La noche cobijó a la tierra y los curiosos se retiraron, pensativos los hombres, llorosas las mujeres.

La casa del pueblo resultó estrecha para dar cabida a la muchedumbre. En la sala mayor, con túnicas blancas y vendados los ojos, los Remaches se veían a la luz mortecina de las espermas.

-“Me muero! Cómo no le mataron a taitico que se fue la otra semana a Quito! … Querer vivir sólo del crimen … Dios consiente pero no para siempre … Cuántas vidas no deberán esos indios” …

Noche larga y desesperada la de los Remaches. La justicia les iba a hacer sentir su peso. Amontonados los indios familiares derramaban lágrimas y exclamaciones. “Aura ca, papacu” … “Ñuca taitasha”Cunan ca …”

Y así, el día devolvió el abrazo de la noche. El sol rasgó el cortinaje de nubes que envolvían la frente de “taita Imbabura. La ciudad amaneció temprano con la llegada de miles de indios que instados por los gendarmes venían a ver la ejecución de los Remaches.

-“Para que sirva de ejemplo- habló una voz autoritaria- que los hijos estén cerca a los padres, para que tengan miedo”.

Se acentúa el murmullo. Con la severidad odiosa y cruel de los tiempos inquisitoriales, mientras las campanas de la iglesia habría querido salir para implorar perdón por los sentenciados, sonó la descarga mortífera. Los Remaches se desplomaron empapando los cuerpos en su propia sangre, mientras los parientes vertían flores de los ojos.

La justicia escribió un renglón más en la vida del tirano.

Regando comentarios bajos las gentes abandonaron la plaza. Los parientes recogieron los despojos sangrientos ofrendándole caricias póstumas, mientras los perros hambrientos se entretenían aplicando el papel secante de la lengua en las llagas sangrantes de la plaza.

Sarance, Número Extraordinario VIII, IOA, 1993.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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